Trataremos de ir componiendo un “diccionario de bolsillo” que recoja los conceptos que pensamos, articulan este proyecto de investigación.
Empezaremos por tres conceptos que marcan el hilo del primer taller sobre los lugares de las industrias creativas y culturales.

Industrias creativas

A principios de la década de los 90 el gobierno australiano utilizó por primera vez el término “industrias creativas” para referirse a toda una serie de actividades de carácter cultural que pese a no estar estrictamente vinculadas con las industrias culturales tradicionales (sector editorial, musical, cinematográfico, etc.) eran susceptibles de producir valor económico. En 1996 el recién nombrado primer ministro Tony Blair introdujo este concepto en un gran número de programas políticos haciendo de este sector uno de los elementos estratégicos de sus políticas de crecimiento económico. Las industrias creativas aglutinaron junto a la industria cultural tradicional prácticas que hasta el momento vivían en los márgenes de la economía formal, bajo este epígrafe se incluyeron prácticas tan diversas como pueden ser el arte, el diseño o el comercio de antigüedades que contrastan con nuevos sectores como la programación de software o la producción de videojuegos. En el marco de las políticas públicas, las industrias creativas debían servir para reemplazar, en parte, a ciertos sectores industriales debilitados por años de gobierno conservador y por la deslocalicación a países en los que la producción se abarataba. Su textura empresarial, al contrario que la industria tradicional, estaba compuesta por numerosos agentes independientes (emprendedores culturales) y microempresas, que debían de emerger en las ciudades contribuyendo a dotar de creatividad los entornos urbanos. De esta forma los gobiernos apostaron por un sector que debía de contribuir a formalizar y producir riqueza en prácticas que hasta el momento habían dependido de economías semi-formales y de forma simultánea, debía de contribuir a fomentar el autoempleo y la independencia de los trabajadores del Estado.

Creatividad social

En los últimos años se ha gestado un cambio de percepción de la sociedad que se ha empezado a describir como un ente con capacidad creativa. Diferentes voces han contribuido a perfilar esta visión de la sociedad como un entorno inteligente, desde autores del pensamiento post-autonomista, que acuñaron el término de “las cuencas creativas de producción autónoma” a representantes de la inteligentcia más liberal que hablarán de “mas creativity” o de “clases creativas”. Paralelamente esta visión se ha reforzado gracias a fenómenos colaborativos como el software libre o la wikipedia. El sector empresarial no es ajeno a esta tendencia y ha empezado a comprender que la sociedad puede ser un excelente departamento de I+D. En los procesos colectivos surgen invenciones o ideas que llevadas al mercado suponen innovaciones que son fuente de cuantiosos réditos económicos. Para ello es necesario diseñar estrategias de acceso y captación de esta supuesta creatividad social. Las TIC pueden ser excelente aliado tanto de los procesos de creación colectiva, como de los organismos que pretenden captar y valorizar esta creatividad. Por esta razón se empezará a hablar del “crowdsourcing” y emergerán figuras como los “prosumidores”, consumidores que mejoran los productos a través de su consumo y que contribuyen a desarrollar ciertos productos sin necesidad de ser remunerados por ello. Ciertos autores consideran que esta tesitura pone en crisis a los creativos tradicionales al verse superados por esta nueva creatividad social. Esta, a su vez, puede contribuir a abrir espacios de antagonismo y de organización políticas, abriendo nuevas fronteras de organización social.

Cultura como recurso

Un debate recurrente en el ámbito de la política cultural nace de la contraposición de dos nociones opuestas de cultura: la visión de la ésta como derecho o como recurso. Los defensores del primer posicionamiento consideran que el Estado ha de garantizar el acceso a la cultura y que debe de ser preservada, en la medida de lo posible, de los vaivenes del mercado. Al contrario, quien defiende el segundo enfoque, sostiene que la cultura es un excelente recurso tanto económico como para lograr otros fines (cohesión social, desarrollo, regeneración urbana…). Esta visión tan instrumental implica que las entidades privadas han de ser las que gestionen e inviertan en cultura, por lo tanto, su verdadera democratización tan sólo es posible gracias al mercado. Bajo esta perspectiva, a principios de la década de los 80 se empezó a extender una práctica en muchas de las ciudades europeas y estadounidenses: se diseñan políticas públicas con el objetivo de impulsar la recuperación del patrimonio arquitectónico y cultural para de esta manera, atraer turismo y poner en valor los centros urbanos. Las industrias creativas en la década de las noventa contribuyeron a afianzar este proceso, con la explosión de festivales y grandes eventos culturales. En estos momentos hay un debate abierto en torno a cómo poner en valor elementos mucho más intangibles de la vida urbana que implican una visión mucha más amplia de lo que es cultura: la creatividad, el coolness, el estilo de vida, etc. que se presentan como recursos infinitos al servicio de la producción de valor.

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