¿Quién teme a los trabajadores culturales? Precariedad y subjetividades

Si aceptamos que el capitalismo hoy se basa en gran medida en la captura y valorización de la producción social inmaterial, si la economía global y la metropolitana tienen en ella su puntal de crecimiento y atracción competitiva, no podemos dejar de preguntarnos por las personas que dan cuerpo a este sector, por las razones de poner su trabajo y mediación social aun en condiciones precarias y por las consecuencias en la sociedad de este modelo de “trabajo” flexible.

Por debajo de la imagen de una “creative class” feliz e innovadora y del artista hechx a sí mismx, vemos en el sector cultural una multiplicidad de trabajadorxs que aceptan condiciones laborales precarias (en cuanto a la renta, la duración de los proyectos, la escasez de recursos) a veces porque el “poder dedicarme a lo que quiero” lo compensa, a veces porque se entienden como condiciones elegidas frente a la alternativa del trabajo formal y estable. No verse forzado a una sola ocupación, no venderse, no adaptarse a las limitaciones de una institución, dedicar todos los esfuerzos a lo que de verdad “nos llena” justifica en muchas ocasiones el aceptar trabajos precarios y temporales. Esta aceptación es pensada a veces como un ejercicio de libertad y de fuga de las condiciones tradicionales, reforzado por el mito del “artista” bohemio y pobre. Sin embargo, son precisamente estas condiciones de vida y trabajo alternativas las que se han convertido, de forma creciente, en las más útiles en términos económicos, puesto que favorecen la flexibilidad que exige el mercado de trabajo, tanto al “elegir” un trabajo cultural infra (o no) pagado, como al “elegir” un trabajo precarios externo al sector que nos permita hacer lo que nos “gusta”. Los trabajadores culturales son muchas veces fácilmente explotados ya que soportan tales condiciones de vida y trabajo porque creen en su propia libertad y autonomía, por sus fantasías de realizarse; habría que analizar la procedencia de esta idea de que las personas tienen la capacidad de modelarse y diseñarse a sí mismas y a su propia vida, de forma libre y autónoma y de acuerdo con sus propias decisiones, en relación con la constitución del sujeto moderno y de las técnicas de gobierno liberales y neoliberales de nuestros días.

De hecho, este modelo del artista es festejado por los poderes públicos y económicos como muestra de una exitosa combinación de una creatividad a plena disposición y una automercantilización inteligente; el trabajador/a-empresarix debe ser al mismo tiempo el o la artista de su propia vida. Exactamente en esta mistificación que defiende el trabajo del artista como autodeterminativo, creativo y espontáneo es en la que se basan los eslóganes de los actuales discursos sobre el trabajo. Todo el mundo debe desarrollar su potencial creativo, debe ser autónomo y responsable de su propia vida; el nuevo sujeto trabajador debe ser tan flexible y contingente como el mercado mismo, de acuerdo con las ideas neoliberales. Es problema de uno adaptarse a las situaciones: las transformaciones estructurales económicas o sociales son tratadas como desafíos personales. Estos discursos no son marginales sino que afectan a la sociedad entera, ya que mientras distorsionan absolutamente la realidad de las relaciones de producción englobadas bajo el constructo de “los creativos”, sirven de modelo de trabajo como en su día lo hizo la industria automovilística fordista.

¿Cómo conseguir que esas “ganas de hacer” no sean aprovechadas para que produzcamos gratis o cambio del orgullo de “ser un artista/creativo”, mientras el sistema económico se basa en nuestro trabajo? ¿Cómo desmontar una idea de libertad que nos lleva a la precariedad y al estress solitario, a la presión de tener que desarrollar un proyecto de vida individual a la “altura de los tiempos”? ¿Cómo desvelar que el mito del artista autónomo y su forma de trabajo flexible está siendo -o ha sido- trasplantado como modelo general a la sociedad? ¿Cómo evitar que de la movilización extrema de nuestros saberes, contactos y deseos, nos queden sólo las migajas y la satisfacción de saber que tenemos mucho que aportar? ¿Cómo señalar que estos procesos no son casuales sino absolutamente consustanciales a las nuevas formas de gobierno y de la producción?

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